Historias

DEL PRIMER MUNDO PARA ACÁ (parte 1)

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Suiza es un país extraño. Muy extraño. Y con los meses me voy dando cuenta de que ser una argentina en Suiza es mucho más perjudicial que si hubiese nacido en cualquier otra parte del mundo. Nosotros estamos acostumbrados al caos, a que las cosas no funcionen, a la viveza criolla, a la supervivencia del más apto, al no aburrirse jamás, a salir hasta que amanezca. Todos estos son conceptos que acá no existen.

El primer concepto con el que me tocó convivir es el de la anticipación. Yo solía estar acostumbrada a planes espontáneos, planificados como mucho uno o dos días antes. Mensajes de texto caídos en paracaídas invitándote a asados, cines y fiestas. Acá esas cosas no existen. En junio del 2014 todavía estaba en Buenos Aires cuando mi novio me preguntó si tenía planes para el 10 de septiembre. Yo no sabía de qué se iba a tratar mi día siguiente, obviamente que no podía ni imaginarme el mundo tres meses más tarde. Lo único que tenía en claro era que iba a estar en Suiza, sin poder trabajar y reencontrándome con él después de 6 meses. Así que supuse que iba a estar disponible. El hermano de mi novio nos quería invitar a cenar a su casa ese día. Así que 2 meses antes de viajar a suiza, y 3 meses antes de la cena en cuestión, yo ya sabía con quién iba a comer el 10 de septiembre.

Mis amigas me describen como una excitada, a mí me gusta planificar cosas y me gusta saber que tengo planes para el fin de semana. Yo era de las que mandaba mensaje de texto el lunes a la tarde preguntando “Qué onda el finde????

Y mis amigos me llamaban exagerada por querer planificar un encuentro, una salida con unos 6 días de anticipación. Acá la gente está loca. Que nunca te pase de levantarte con ganas de hacer asado sin haberlo consultado con tus amigos 3 semanas antes. Loco, me levanté hoy con ganas de comer asado. Hoy. No hay forma de que tenga esta información 3 semanas antes. Pero acá las cosas funcionan así. La gente está muy ocupada y no le gustan los planes a último momento. En verano es mucho peor: en un país en donde el invierno dura 9 meses, el verano existe para ser disfrutado a fondo. Cada segundo cuenta, cada plan tiene que ser el mejor, cada fin de semana es la excusa perfecta para hacer alguna actividad outdoor como trekking por la montaña, escalada, ir a una cascada o a un lago. Eso es lo que pasa cuando vivís en un país que es como San Martín de los Andes, pero con subte. La gente le encanta estar afuera, y yo soy bicho de ciudad. De helado y peli, llueve o salga el sol.

En invierno la gente no sale tanto. De hecho, no sale nada. Entonces también es difícil organizar algún plan, porque a todos les da paja. El único plan obligatorio es ir a esquiar. Justo, justo el deporte que nunca hice en mi vida. Una vez, en el viaje de egresados, fuimos a la montaña con la idea de intentarlo. Nos separaron en 3 grupos: los que esquiaban, los que un poco y los que no. Yo estaba en el grupo número 4: los enfermos. Fue la segunda vez en mi vida que tuve 38 grados de fiebre. Para una mina que pasó su mononucleosis con 37 grados, estar en la montaña con 38 era un poquito demasiado. Así que oficialmente puedo decir que nunca esquié.

Ir al cine en este país también fue un problema. Por empezar los asientos no son numerados. WTF. Posta, el único cine que conozco sin asientos numerados en horario pico es el de Vuelta de Obligado y Mendoza, y ese cine es una cagada. Es al que te lleva tu abuela, o una tía porque vive cerca, es un cine de mierda. No sé, el cine Gaumont me parece que tampoco tiene asientos numerados, yo siempre iba en horarios extraños que no había nadie. Solo homeless, pajeros y algún que otro abuelo. Pero si querés ir al cine un sábado a las 9 de la noche, no existe que tengas que hacer cola para ver dónde te sentás. Yo creía que un país de primer mundo, como éste, iba a tener un poco más de sentido común. Pero no. El otro dato curioso del cine es que la película en cuestión esta subtitulada en francés y alemán simultáneamente. Primero: se están olvidando de la minoría italiana, segregación suiza, muy feo. Y tener dos subtítulos simultáneos en una película hace que te saque la mitad de la imagen. Es una cagada. En el último tiempo en Argentina también estuvo pasando que muchas película solo se estrenaban dobladas, acá es la misma mierda. Genial por mis amigos locutores y dobladistas, pero para cinéfilas como yo, es lo peor que te puede pasar. Otro problema con el que me encuentro a la hora de ir al cine es que desde que llegué nunca vi una película en francés. Mi francés no es tan bueno, capaz si las películas en francés tuviesen subtítulos en francés entendería un poco, pero obvio que no. Hace poco hubo un homenaje a un director coreano que amo. Me moría de ganas de ir a ver sus películas. Pero hablado en coreano con subtítulos en francés me pareció demasiado chino.

A diferencia de Argentina, los suizos no aplauden en el cine. Pero sí en recitales y en teatros, y lo hacen de una manera muy extraña, como a destiempo, sin tempo, sin ritmo. No sé qué es más extraño: si la manera cómo aplauden o intentar describir un aplauso.

De la comida suiza uno no se puede quejar demasiado. Un poco francés, un poco alemán, un poco italiano, mucha manteca y estamos. Lo que me di cuenta es lo difícil que es hacer dieta en este país. No tienen nada light. Sé que lo “LIGHT” es una mentira marketinera para creer que cuando te estás comiendo una Vauquita no estas engordando tanto porque es light. Es una Vauquita, es dulce de leche puro, no hay forma de que no estés engordado. Pero mi conciencia era feliz sabiendo que existían las Rapiditas light, los yogures light, el Casancrem verde, el queso por salut light.

Nunca encontré el queso por salut. Para ser un país que se especializa en quesos, me llama mucho la atención. El queso de la región es el Gruyere. Y sí, es espectacular. La Raclette y fondue son las comidas típicas. Pero lo que nadie te dice es que el queso para derretir tiene olor a concha vieja y sucia. O a lo que yo creo que una concha vieja y sucia huele, porque la verdad es que no tengo mucha experiencia en esos ambientes. La primera vez que conocí a mi suegra fuimos a almorzar a un restaurant típico. Estaba bastante nerviosa por ser mi primer encuentro. Entramos al recinto y un vaho de olor extraño y nauseabundo llenó mis fosas nasales al punto que hizo doler mi cabeza. Mi viejo participa de un proyecto voluntario de queserías, así que ya conocía el olor a queso crudo, a leche ennatada, pero este era distinto. No hay forma de acostumbrarse al olor a queso. Y sin embrago la gente parecía chocha de estar comiendo. No me acuerdo qué me pedí ese día, pero sé que no comí mucho (rarísimo en mí, de hecho mi novio me preguntó si estaba enferma). Mi suegra se pidió un bife de caballo. Sí, esa es otra comida típica.

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1 Comment

  • Reply caro 04/09/2015 at 19:06

    jajaja muy bueno! este me encantó! no sabía lo de los subtítulos y los asientos, ni lo del queso port salut, jaja.

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