En general la gente viaja para escaparse de algo: de un trabajo de mierda, de la familia, de la rutina, del fantasma de un ex novio, etc. Mi caso era este último. Y digo fantasma porque convengamos que mi ex ya me había superado, y aparentemente, bastante rapidito ¿Qué son 7 años en la vida de alguien? Nada, parece. Cuestión que él con mujer e hijo y yo llorando por los rincones en estado calamitoso. Así que cuando mis amigos empezaron a planear un viaje a la concha de la lora me pareció lo más lógico seguirlos. Cada uno buscaba cosas distintas y no sé si todos encontramos lo que buscábamos. Pasamos Año Nuevo en una playa espectacular en Tailandia y pedimos deseos de año nuevo mientras hacíamos volar globos de colores. Todo muy de película. Es más, me puedo imaginar el tráiler en la cabeza. La típica película de terror en donde están en una playa paradisíaca, cuatro amigos, fiesta, descontrol, amores y de repente… un asesino serial, o uno de mis amigos es un asesino, o hay un tsunami o alguna catástrofe así copada.
Milagrosamente sobrevivimos a esa noche y a un par de noches más. Supongo que fue porque, mientras todos estaban bastante ocupados buscando la siguiente droga que probar, nosotros estábamos durmiendo a las 11.30 después de una larga jornada de manos de Uno.
Yo pedí enamorarme y tener un amor correspondido y que ese amor correspondido sea mínimamente sano. Obviamente no lo saben, pero digamos que mi vínculo con los hombres no siempre fue de lo mejor. Mucha pasión sí, la pasamos bárbaro, cogemos como perros, nos cagamos de risa. Pero de eso a que vuelen un par de vasos de whiskey por la cabeza hay un paso intermedio. O yo solita con mi alma llorando en casa cuando el otro no me responde un mensaje de texto. Las cosas no siempre tienen que ser grandes para que a una le afecte.
A veces pasa que se sacan las cosas de contexto. No digo que un pibe te meta los cuernos sea más grave que una muerte o una enfermedad pero… depende la persona. No digo que sea lo mismo. Porque no, y no se lo deseo a nadie. Pero estar en mis zapatos talle 37 de drama queen, tampoco está bueno, y eso me hace un poco intensa. Eso quiere decir que yo amo y odio con la misma pasión. No hay grises. Nunca.
No sé qué pidieron mis amigos, pero yo quería tener una relación. Ya estaba aburrida de estar sola.
Después de un mes de andar vagando por las playas y después de varias semanas de haber logrado el color tostado que siempre había querido, nos dirigimos para el norte.
Mi plan de quedarme por siempre en la playa era mucho más copado que ir a escalar montañas al norte. Pero para ese entonces la decisión de cuatro hombres pesaba mucho más que la mía. Así que al norte nos fuimos y amenazada con un arma nos inscribimos en una excursión de tres días en la montaña.
Jamás en mi vida odié tanto a alguien. Odiaba al guía por no hablar inglés, el muy hijo de puta estaba vestido de “shopping”. Ok, de bolishopping, más bien, pero versión tailandesa. Jean y zapatillas de lona, remerita y anteojos de sol. Yo chivaba a más no poder, maldiciendo al hijo de puta de Buddha, al país de mierda, a los mosquitos, al dengue, a la re concha de su hermana y a cada uno de mis putos amigos que caminaban a mínimo 20 kilómetros delante que yo y no parecían cansados. Moría de ganas por fumarme un pucho, aunque no podía respirar. Cuando frenamos para almorzar, tomé coraje y, sin consultarlo con los muchachos, le hablé al guía con la intensión que me dejara volver. Estaba podrida de caminar y con mis pies a la miseria. Nadie me había dicho que íbamos a hacer ninguna caminata, por lo tanto no estaba preparada para ellos. Tres días en la montaña con un par de Converse, digamos, no fue de las mejores ideas. El guía en cuestión me intercepta mientras yo pensaba de qué manera le podía decir que renunciaba y me propone un plan de lo más interesante. Una camioneta estaba yendo al camping a llevar la comida para la noche. Yo, camioneta, camping. No más caminata, no más odio, no más transpiración, lo que equivale a una mina más o menos contenta. Un poco apestosa, bastante embarrada y chivada, pero descansada.
No era la primera vez que nos íbamos de campamento y normalmente, cuando hacés caminatas de uno o dos días… no te bañás. Supusimos que estábamos yendo a lugares más bien remotos en la mitad de la montaña y cargar con shampoo, crema de enjuague, toalla, cepillo de pelo y crema para el cuerpo estaba fuera de cuestión.
Llegué al camping deseando que el Sr. Tailandés que manejaba la camioneta no le pinte demasiado tener ganas de coger (me) y me tiré a dormir. El camping no era el deshabitado descampado que yo me imaginé. Era más bien un par de habitaciones poco construidas detrás de un hotel 5 estrellas. Como el futuro establo de la estancia. Hermoso, con linda vista y totalmente equipado con duchas. Y yo, sin posibilidad de bañarme, me quedé así, apestosa como estaba. No me quedó más remedio que hacerme dos trenzas para disimular que mi pelo se convertía en rasta a cada paso que daba. Me dormí una siesta mientras esperaba a mis amigos en una pseudo colchón tirado en el piso con sábanas de Mickey y unicornios. Después de un mes y medio de compartir cama y dormir en habitaciones para 15 personas, tener una habitación para mí sola era mucho más de lo que podía pedir. Me levanté escuchando un par de voces y pensé que mis amigos habían llegado. Me encontré con dos chicos y una chica. Un suizo, un francés que vivía en Suiza y una americana. Un bombón y dos buena onda. Pierre no sólo estaba bueno, sino que se parecía, y mucho, a James McAvoy (luego aprendería que tiene un hermano que se parece a Stellan Skarsgård). Obvio que Pierre no tenía ni idea de quién era James McAvoy y en aquella montaña tailandesa las posibilidades de poder googlearlo estaban fuera de nuestro alcance. No sé si fui clara, yo estaba viajando con cuatro amigos varones. Cuatro amigos, lindos, varones. Los amo y son lo más, y los conozco tanto y hace tanto que para mí todos y cada uno de ellos tienen conchita. Pero el resto de la gente no suele saber este dato. Yo estaba convencida de que hasta que no dejara de viajar con mis amigos no había forma de que conociera a nadie. Lo sabía, y no me jodía, la realidad es que ni siquiera lo había intentado en aquel mes y medio juntos. Así que si bien mi versión suiza de James McAvoy me encantaba, no pensaba tirarle ni media onda. Paralelamente, el bombón suizo y su amigo se fueron a bañar mientras discutían. Parece que Pierre también creía en el amor a primera vista y yo era su tipo. Léase latina con personalidad complicada y evidentemente tiene algo por esta parte del mundo.
Su amigo le decía que no tenía ni una sola posibilidad conmigo y que era obvio que me estaba garchando, por lo menos, a uno de mis cuatro amigos, si no a los cuatro. Pero a Pierre no pareció importarle. Esa noche tomamos birra cagados de frio, charlamos y nos reímos todos juntos, y cuando me fui a dormir a mi habitación privada con sábanas de unicornios y Mickey, lo único que quería es que Pierre tocara la puerta y viniera a dormir conmigo. Pero eso no pasó. A la mañana siguiente la amiga americana que viajaba con ellos le dijo que parecerse a James McAvoy estaba bueno y que probablemente eso quería decir que yo le quería dar. Gracias amiga americana por cooperar con la causa.
Gracias a dios la caminata de vuelta la hicimos por separado, porque me daba la sensación de que ya me había visto lo suficientemente sucia como para encima verme quejándome cada 5 segundos. Mis amigos seguían odiándome y yo decidí hacer la caminata en ojotas porque me dolían mucho los pies.
Yo quería un amor como en “El amante”, pasional, enfermizo, que me marcara de por vida, y que me haga una viejita aunque solo tenga 27. Acá las cosas creo que salieron un poco mejor.
Diferencias y similitudes
- Estábamos en Tailandia, spoiler alert, viajamos a Myanmar después. Nada de Vietnam.
- Pierre es suizo, no chino.
- Yo no soy francesa, pero sí vivía en un país tercermundista.
- Otra vez, no tengo más 15 años. Todavía no lo puedo creer.
- Pierre no es millonario.
- Pierre también estaba casado.
- Probablemente con todo el sol que tomé, envejecí un par de años.
- Técnicamente, estábamos en Indochina. Punto para mí.
Cuando volvimos del campamento a la civilización, quedamos en salir a tomar algo todos juntos. Mis amigos, pajeros como son, no tenían ganas de salir así que yo me fui solita a encontrarme con la americana.
No voy a mentir, en algún lado de mi cabecita la posibilidad de encontrarme con aquel suizo me parecía bastante interesante. Nos fuimos a un bar a tomar algo y varios Mai Tais después apareció el Quia, bañado y perfumado. Para mi sorpresa, se ubicó en la silla al lado mío.
Siempre había tenido la sensación de que para que un chico guste de mí yo tenía que trabajar mucho. Cosa que me parecía bastante injusta. Estaba en paz con la idea de ponerme la camiseta de la relación una vez que la persona me gustaba lo suficiente ¿Pero al principio también? Era totalmente innecesario. O gustás de mí o no. Pero eso era algo que no podía cambiar. Entonces cuando la conversación se dio tan naturalmente, tan sin esfuerzo alguno mientras él me hacia algún que otro mimo en la pierna, me pareció lo mejor del mundo. Para mí el tema de tacto en la conversación es importantísimo. He sufrido mucho teniendo charlas con chicos que me gustaban que ni se molestaban en rozarme el brazo. Y eso me ponía de la cabeza. Para mí el tacto significaba un: está todo bien, capaz que ahora no estamos chapando, pero vos te venís conmigo.
Parecía que todos los hombres en mi haber no habían entendido esta simple regla y acá estaba yo, a muchos kilómetros de casa, hablando con un tipo de un país del que no tenía mucha idea (bancos, queso, chocolates, relojes) pero que la tenía muy clara.
En algún momento de la conversación me dijo si no quería viajar a Myanmar con él.
Y yo dije que sí, total viajar con un total extraño a un país en pleno golpe militar me parecía un planazo.
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